
El poeta ruso Serguei Esenin nació el 21 de septiembre de 1895 (3 de octubre del antiguo calendario), en el seno de una familia campesina domiciliada en la aldea de Konstantinov, distrito de Kuzminski (actualmente distrito Ribnoski, provincia de Riazan), una de las provincias más aisladas de Rusia.
La lírica de Esenin nos transporta al ámbito de la vida campesina, de donde mana, inagotable, la imperecedera belleza de la naturaleza. En algunos poemas tempranos aparecen ciertos bocetos que bien podemos catalogar como estudios líricos o cuadros de la vida rural: En la barraca, Primeras nieves, El abedul y otros, evocadores, en cierta medida, de la poesía de Nikitin y Surikov; algunas de sus tentativas juveniles, por ejemplo Mi vida, tienen, ciertamente, un carácter imitativo.
Sin embargo, no podría decirse, que estos primeros escarceos definan la lírica eseniana. Bien pronto el poeta ha de encontrar su propio y singular estilo en donde plasmará las más nítidas, delicadas e íntimas imágenes de su espíritu. Su poesía traduce el hondo amor por la tierra natal, el paisaje y las emociones que éste suscita, todo ello expresado con frescas y originales metáforas que son, a un mismo tiempo, júbilo por el esplendor que nos rodea y tristeza al advertir la brevedad de las cosas, la fugacidad de esa irrepetible belleza en un mundo en el cual al hombre sólo le es posible vivir una vez.
Años más tarde Esenin se propuso explicar, a través de toda una teoría contenida en su ensayo Las llaves de María y el artículo Arte y vivencia, su universo poético. Según Esenin, todo arte está basado en imágenes y es la plasticidad de dichas imágenes la que constituye la clave del arte popular ruso. A este respecto es preciso recordar que el poeta se había familiarizado ya, desde los tiempos de su asistencia a la escuela de Spas-Kliepik con el Cantar de las huestes de Igor, cantar épico del siglo XII cuya influencia fue decisiva en su formación. Esenin leería, asimismo, mucho más tarde, los tres tomos del conocido trabajo del folklorista ruso A. Afanasiev, Las concepciones poéticas del pueblo eslavo en torno a la naturaleza. Tanto una obra como la otra habrían de ser no sólo modelo para ejercicios de imitación sino, además, la demostración de la riqueza del sentimiento popular y el vivero de leyendas que subyace en él, en incomparables imágenes.
La lírica eseniana centra la atención sobre la espiritualidad del mundo circundante. Los motivos que elige, al igual que el paisaje mismo, tienen su propio movimiento. Esto viene a explicar la abundancia de su material poético. Así, pues, el mes, el cual el poeta compara con un rizado corderito, se pasea por entre la hierba celeste. Los cuernos del mes reflejados en las aguas tranquilas del lago cornean los carrizos, y si miramos el lago desde el sendero, entonces parecerá que el agua se mece en la orilla. El ajenjo no huele sino que aroma el jardín, no esplende sino que fulgura como una hoguera, etc.
Semejante percepción del mundo, las estrellas, las flores, los árboles, tratados como si fueran objetos animados y en constante movimiento, transformándose unos en otros, forman parte también del material utilizado por Esenin en sus cuentos, leyendas y mitologías populares. Nutriendo todo su sistema poético, dicha concepción, perfeccionada por la realidad, explica la unidad indisoluble del hombre con su entorno, es decir, con la vida misma. Sin embargo, el pensamiento de que tanto el mundo como el hombre que lo habita son perecederos, condujo al poeta al pensamiento de la muerte. Ya en su Canción imitada, el poeta, que apenas contaba quince años, nos habla acerca de una bellísima muchacha que sabía ufanarse por no importa qué; el poema finaliza describiendo una escena en que la joven es llevada a la tumba mientras el poeta observa el paso del cortejo desde su ventana. He aquí una de las verdades constantemente invocadas por Esenin: todo lo bello, como la vida misma, es efímero. Y esa nota impregnará de un extremo a otro la lírica del poeta: Bendito sea por los siglos de los siglos aquel que vino a florecer y a morir.
La influencia de la poesía oral juglaresca sobre Esenin, y en particular sobre su más temprana poesía, presupone un parentesco con la obra de Kolzov. A este propósito, baste recordar tan sólo poemas como Haz sonar, acordeón, tu almibarado fuelle, Oh, tu, Rus, querida mía, Hermosa fue Taniuska, más bella no la hubo en la aldea, Doncellita y otras. La imagen de la muchacha en No errar ni empantanarse en los rojos arbustos recuerda también a las jóvenes rusas celebradas por Kolzov. Incluso la tan utilizada imagen eseniana del pendenciero ruso tiene su deuda con el pendenciero de Kolzov. Tiene plena razón Bielinsi cuando escribe que por su índole como por su situación, Kolzov fue ruso en el más pleno sentido de la palabra. En él se ponían de manifiesto todos los elementos del alma rusa y particularmente, una extraordinaria fuerza tanto frente al sufrimiento como a la alegría, capacidad para entregarse sin reservas a los más opuestos estados de ánimo y encontrar, al mismo tiempo, en no importa dónde, el más turbulento, espléndido e indefinible encanto. Es claro que resulta difícil comparar a un poeta con otro pero, no obstante, teniendo en cuenta la diferencia de edades o la naturaleza de sus respectivas actividades, la riqueza léxica de Esenin no puede menos que asombrarnos; en su obra podemos encontrar unos diez mil giros diferentes.
Como Lermontov, Esenin es de aquellos poetas que llegaron a su plenitud en un lapso de tiempo intenso, fulgurante y extraordinariamente breve.